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Duras palabras del Papa Francisco contra el sistema global que “ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza” resonaron este jueves 9 de julio en la feria Expocruz de Santa Cruz (Bolivia), en la clausura del II encuentro mundial de los Movimientos sociales y populares.

“Se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema, se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo casi salvaje”, denunció entre los aplausos de los dirigentes de movimientos sociales que le escuchaban, con los que ya se había reunido hace unos meses en Roma en la primera edición del encuentro.
 
“Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que uno de los primeros teólogos de la Iglesia, Basilio de Cesárea, llamaba «el estiércol del diablo» -afirmó-. La ambición desenfrenada de dinero que gobierna, ese es el estiércol del diablo”.
 
“El servicio para el bien común queda relegado –constató-. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común, la hermana y madre Tierra”.

Francisco afirmó que las múltiples exclusiones e injusticias destructoras que se viven en el mundo –campesinos sin tierra, familias sin techo, trabajadores sin derechos, personas heridas en su dignidad- “responden a un sistema que se ha hecho global”.

Esperanza, tareas

Sin embargo el Papa ha comprobado en sus viajes, según reveló, que “existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los Pueblos del mundo”. “Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema reina la insatisfacción y especialmente la tristeza”, dijo.
 
¿Su respuesta? Aunque reconoció que quizás no hay recetas, y que “ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a los problemas contemporáneos”, afirmó que “la globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia”.
 
Y propuso tres tareas para el cambio: “poner la economía al servicio de los Pueblos”, “unir nuestros Pueblos en el camino de la paz y la justicia” y, quizás la más importante hoy, “defender la Madre Tierra”.
 
Para el Papa, “el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites; está fundamentalmente en manos de los Pueblos”.
 
En este sentido valoró la “capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» (trabajo, techo, tierra)” y la “resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata”, y destacó que un cambio de estructuras eficaz pasa por “cambiar el corazón”. 
 
En su opinión, ayudaría a este cambio “el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales”, y las formas de economía popular y producción comunitaria.
 
El Papa abogó por “una economía verdaderamente comunitaria” que garantice a los pueblos dignidad, con acceso también a la educación, la salud, la innovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación”.

Un cambio posible

 
Para Francisco, no es una utopía ni una fantasía una economía justa que cree “las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad”.
 
En este sentido, quiso destacar que la distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano es un deber moral: hay que “devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece”.
 
“El destino universal de los bienes”, afirmó, “es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo”. 
 
También aseguró que “los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario”.

Francisco invitó a los representantes de los movimientos populares a decir "juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancianingún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez".

Como es habitual, el Papa concluyó pidiendo a los asistentes al encuentro que recen por él, y dada la variedad de su auditorio, añadió: “Y si alguno de ustedes no puede rezar, con todo el respeto les pido que me piense bien y me mande buena onda”.

 

 
 
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